VAYETZÉ

DAR O RECIBIR

Me enteré de un incidente que involucró a dos hermanas, Jaguit y su hermana menor, Tzila. Ambas tenían apartamentos en Eretz Israel, en el mismo edificio. Eran muy amigas. Se llevaban bien con sus familias.

Con el tiempo, el tamaño de ambas familias aumentó. La familia de Tzila era la más grande, pero ambas necesitaban más espacio. Ambas querían vender sus apartamentos y usar el dinero para algo más grande.

Tzila investigó mucho. Se estaba construyendo un nuevo complejo en un barrio a las afueras de la ciudad. Estaba interesada, pero para cuando decidió mudarse, todos los apartamentos ya estaban vendidos; no había ninguno disponible.

Una mañana, mientras Tzila estaba en el trabajo, recibió una llamada del agente inmobiliario. Alguien en ese complejo se retiró. Había un apartamento disponible para comprar. Sin embargo, era comprensible que hubiera varios interesados. El agente inmobiliario dijo que quien llegara primero con un pago inicial, se lo quedaría.

Tzila entró en pánico. Le dijo a su jefe que necesitaba unas horas libres. Empezó a hacer llamadas y visitas a familiares y guemajs (organizaciones que otorgaban préstamos) para conseguir lo que necesitaba. Su esposo solía pasar por casa a la hora de comer. Para cuando él llegó ese día, ella ya tenía el dinero. Entró y ella dijo: “Vamos…”.

Esta era una oportunidad única. Tomaron un taxi y, con gran entusiasmo, corrieron a la oficina del agente inmobiliario. Al llegar, se les encogió el corazón. Había otra pareja sentada en la oficina. Sí, era para el mismo apartamento. Lo complicado era que eran su hermana, Jaguit, y su esposo.

Tzila dijo: “Disfrútalo”.

Jaguit dijo: “Lo necesitas más”.

Iban y venían, pero no llegaban a ninguna parte.

Le dijeron al agente: “Aquí está el enganche. A ver quién lo acepta. ¿Te parece bien?”.

“Sí”, fue su respuesta.

Fue muy incómodo para ambos. Ambos necesitaban desesperadamente el espacio. Cada una comprendía la situación de su hermana. Sus mentes daban vueltas: ¿qué hacer?

Unos días después, Tzila decidió que sería mevater, ceder. Fue a la oficina a decírselo al agente inmobiliario. Llegó, solo para ver a su hermana allí. Jaguitt iba a hacer lo mismo: ofrecerle el apartamento a su hermana.

Finalmente, Tzila lo dejó claro: no lo aceptaría. ¡Jaguit llegó primero!

La vida cambió. Jaguit se mudó. Tzila la visitaba con frecuencia. Vio el nuevo, hermoso y espacioso apartamento, las bonitas terrazas y el jardín, y luego regresó a su casa.

Un día, llamaron a la puerta de Tzila. Era su vecina. Explicó que su madre no se encontraba bien, por lo que tuvo que mudarse para estar cerca de ella. Le preguntó si Tzila tenía interés en comprar su apartamento.

Por supuesto, tenía un interés serio. Sería genial si pudiera conectar los dos apartamentos. Sin embargo, Tzila sabía que tendría que vender su casa para tener dinero y comprar algo más. Eso frustraría su propósito; no la ayudaría. Entonces se dio cuenta de que podía comprar el apartamento de al lado y dividirlo. Una parte se añadiría a su apartamento. La otra sección sería suficiente para alquilar a los recién casados. Ese arreglo podría ser rentable, y así fue. Los hijos de Tzila pudieron permanecer en las mismas escuelas. Su esposo pudo rezar en la sinagoga que le gustaba. Ella tenía un hogar mejor que nunca para toda la familia sin tener que mudarse; una situación que superaba sus sueños.

A veces, nos enfrentamos a decisiones y consideramos que quien cede es el perdedor. Sin embargo, vemos que ocurre lo contrario. Rajel y Yaakov estaban a punto de casarse. En la noche de la boda, el padre de Rajel, Labán, puso a su hermana mayor, Lea, para que se casara en su lugar. Rajel permitió que sucediera e incluso ayudó a su hermana para evitar que la avergonzaran. Posteriormente, Yaakov se casó con Rajel. La apreciaba aún más que antes, tras haber sido testigo de su extraordinario carácter. [1]

Siglos después, tras la destrucción del Beit Hamikdash, los Hijos de Israel fueron exiliados de la Tierra Santa. Las almas de los Patriarcas, las Matriarcas y Moshe Rabeinu suplicaron a Hashem que finalmente se les permitiera regresar a los Hijos de Israel. Hashem respondió a la súplica de Rajel Imeinu. Fue su generosidad al tratar con su hermana lo que despertó la misericordia de Hashem, quien proclamó: «Hay esperanza y un futuro —veshavu vanim l’gvulam—, los hijos regresarán a sus fronteras». [2] La acción de Rajel al ceder y renunciar a su hermana fue la llave que abrió las puertas de la bendición para todo el Klal Israel.

Cuando dos personas desean algo y solo una puede satisfacerse, ¿qué aconsejamos? ¿Qué haríamos si una de las partes fuera nosotros?

Shabat Shalom,

Rabbi Hershel D.Becker

Traducido por: Sara Slomianski y Miriam Levy

[1] Vayetzé 29:30 Alshij Kedushat Levi Kli Yakar

[2] Yirmiyahu 31:14; Eijah Rabasi 24